CEUTA, NIETZSCHE Y LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA: ¿Y DESPUÉS DE LA INDIGNACIÓN QUÉ?

 


En esta reflexión no estoy defendiendo la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, pero, como decía Nietzsche la compasión puede convertirse en una forma de multiplicar el sufrimiento. Quien compadece no elimina necesariamente el dolor del otro: lo hace suyo y lo extiende. Además, según Nietzsche, una cultura que convierte la compasión en virtud suprema corre el riesgo de valorar la debilidad, la resignación y el sufrimiento por encima de la fuerza creadora y la capacidad de transformación social. Por eso, en Así habló Zaratustra, Nietzsche nos lleva a la idea del superhombre, en la superación de uno mismo, lo que, en el momento político actual español, implicaría entrar en la fase del «León nietzscheano», depredador y rompedor con el poder dominante.

Sin embargo, en la sociedad española actual anida el último hombre nietzscheano: miserable, pusilánime, nihilista, hedonista, cómodo, satisfecho, prudente, incapaz de grandes aspiraciones y que quiere seguridad, bienestar y pequeñas gratificaciones. Nietzsche lo presenta como el reverso del superhombre. Una sociedad puede declararse extremadamente sensible al sufrimiento y, al mismo tiempo, ser profundamente indiferente ante las estructuras que lo producen. Puede multiplicar discursos de empatía, cuidado y vulnerabilidad mientras evita cualquier conflicto real con formas de poder económico, político o institucional. Desde una lectura nietzscheana, esa sería una compasión degradada: mucho sentimiento, poca transformación.

Y aquí entra la malicia o el resentimiento. Cuando una sociedad pierde la capacidad de acción, la hostilidad puede desplazarse hacia ellos mismos. En lugar de confrontar a quienes concentran el poder real, puede aparecer una agresividad horizontal: grupos enfrentados entre sí, vigilancia moral constante, humillación pública, búsqueda de culpables simbólicos. Es bastante compatible con la noción nietzscheana de Ressentiment: la impotencia que no consigue actuar directamente termina transformándose en juicio moral contra otros.

Eso conecta también con su concepto de voluntad de poder. Una sociedad sana, desde esta perspectiva, necesitaría individuos y comunidades capaces de desarrollar capacidades: conocimiento, independencia económica, cultura, organización, criterio propio, instituciones alternativas. No bastaría con sentirse indignado. Una sociedad verdaderamente crítica no es aquella que expresa continuamente indignación, sino aquella que produce ciudadanos capaces de pensar, organizarse y actuar frente al poder.

Ahí Nietzsche puede ser sorprendentemente útil para criticar simultáneamente el nihilismo, el hedonismo banal, la moral de la víctima, el resentimiento y la pasividad política.

La crítica nietzscheana del último hombre puede enriquecerse especialmente con La Boétie, Fromm, Marcuse, Guy Debord, Foucault, Gustavo Bueno y Byung-Chul Han. La Boétie aporta la idea de servidumbre voluntaria, mostrando que el poder no se sostiene únicamente mediante la coerción, sino también gracias a la aceptación, dependencia y obediencia de quienes lo padecen; Fromm explica cómo el individuo moderno puede renunciar a parcelas de libertad a cambio de seguridad, pertenencia y conformidad; Marcuse analiza una sociedad capaz de neutralizar la crítica mediante el consumo, el confort y la fabricación de necesidades; y Debord, mediante la sociedad del espectáculo, describe una realidad en la que la experiencia política y social tiende a sustituirse por imágenes, consignas y representaciones, convirtiendo progresivamente al ciudadano en espectador y consumidor. Foucault permite comprender, además, que el poder contemporáneo no procede únicamente de un centro visible, sino que circula a través de instituciones, discursos, mecanismos de vigilancia y procesos de normalización, mientras que Byung-Chul Han actualiza esta lógica mostrando cómo el sujeto neoliberal puede llegar a disciplinarse, exponerse y explotarse a sí mismo creyéndose plenamente libre.

A este marco puede añadirse la crítica de Gustavo Bueno al uso sustancialista de las categorías de derecha e izquierda: unas denominaciones históricas y plurales que, convertidas en etiquetas morales absolutas, pueden perder capacidad explicativa y servir como instrumentos de movilización, identificación tribal y simplificación del conflicto político. En determinadas democracias liberales posmodernas, esta confrontación simbólica entre «derecha» e «izquierda» puede llegar a ocupar el primer plano del espectáculo político mientras quedan relegadas cuestiones más materiales relativas a la distribución efectiva del poder, la soberanía económica, la concentración de capital y la creciente capacidad de actores financieros y corporativos transnacionales para condicionar las decisiones de los Estados y de los propios partidos. El resultado puede ser una ciudadanía  reducida en gran medida a consumir identidades, discursos y enfrentamientos previamente administrados, mientras su capacidad real de crítica, organización y transformación se debilita.

Y aquí está lo más importante, independientemente de la empatía y la comprensión que me pueden producir las desgracias ocurridas a nuestros compatriotas en España: desde la que considero una farsa pandémica y criminal, a la DANA de Valencia, al accidente de tren de Adamuz o a la guerra híbrida emprendida contra España a través de Ceuta…, es duro plantearse: ¿Tenemos lo que nos merecemos? ¿Hasta qué punto una sociedad es también responsable de las estructuras políticas que reproduce? Y es que todos aquellos que, a pesar de toda esta concatenación de desgracias previsibles y evitables, han seguido manteniendo en el poder a sus victimarios se convierten en víctimas perpetuas, aquejados de una especie de síndrome de Estocolmo. Todos ellos siguen votando elección tras elección a una caterva de mediocres, corruptos, malhechores y sinvergüenzas que configuran la oligarquía de partidos del régimen del 78, en el cual PP=PSOE=Podemos=Vox=Sumar=…,todos abyectos manijeros de las élites financieras globalistas que rigen nuestro destino. Pueblo español, ¿habéis notado algún cambio visible o mejora en la situación de los habitantes de Ceuta tras vuestras sentidas concentraciones en favor de Ceuta?

¿Y después qué?

¡Gentes de España! si después de haber sido engañados, estafados, arruinados, envenenados, muchos eliminados o lesionados de por vida  tras la farsa pandémica habéis seguido manteniendo en el poder con vuestro voto a vuestros victimarios, merecéis lo que tenéis, si pensáis  que sustituyendo a Pedro Sánchez por Feijó se solucionarán nuestros problemas, merecéis lo que os pase, si pensáis que en España existen la derecha y la izquierda y sus subalternos más extremos, merecéis lo que os hagan. ¡Gentes de España! en pocos meses tendréis una nueva oportunidad de convertiros en superhombres y hacer una revolución pacífica de deconstrucción de las estructuras represoras. En las inminentes elecciones de esta democracia liberal alienadora NO VOTÉIS A NADIE. Hasta entonces, ¡no contéis conmigo para nada!

 

Pedro Ángel Latorre Román


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