TRAICIONADOS Y ENCADENADOS: EL ASALTO CLÍNICO Y PEDAGÓGICO A LOS PROFESIONALES DE LA ACTIVIDAD FÍSICA Y CIENCIAS DEL DEPORTE. LOS INTERESES EN JUEGO

 


En los últimos años se ha intensificado un proceso preocupante para quienes pertenecemos al ámbito de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (CAFYD): la progresiva pérdida de identidad profesional. Este fenómeno no responde a una evolución natural del campo, sino a una doble dinámica de colonización externa y renuncia interna que amenaza con desvirtuar nuestra razón de ser.

Por un lado, asistimos a una creciente apropiación del ejercicio físico desde el paradigma biomédico. Bajo el atractivo lema de que “el ejercicio es medicina”, se ha consolidado un discurso que reduce el movimiento humano a una herramienta terapéutica, cuantificable, dosificable y prescribible. Tal y como se ha señalado, esta visión, aunque respaldada por evidencia científica, implica un reduccionismo peligroso: confunde el valor del ejercicio con su esencia . El ejercicio físico no es un agente externo que “actúa sobre” el cuerpo, como lo hace un fármaco, sino una expresión constitutiva del ser humano. Es experiencia vivida, identidad corporal, relación social y construcción cultural. Reducirlo a un medicamento implica despojarlo de su dimensión educativa, humanista y formativa, situándolo en un marco que le es ajeno.

Este proceso alcanza una expresión especialmente preocupante en el denominado Plan Andaluz de Prescripción de Ejercicio Físico. En él, paradójicamente, han participado profesionales de CAFYD en el diseño de protocolos, en la definición de criterios de intervención e incluso en la formación de personal sanitario. Sin embargo, el modelo institucional resultante establece que la prescripción del ejercicio físico queda restringida a médicos y enfermeros. La contradicción es evidente: quienes poseen la formación universitaria específica en actividad física son relegados a un papel subordinado, mientras que otros colectivos asumen competencias centrales que no les son propias y para las que no han sido formados. Se institucionaliza así una jerarquía que deslegitima al profesional de CAFYD, reduciéndolo a ejecutor de programas diseñados desde una lógica clínica. Esto no puede interpretarse sino como una forma de desposesión competencial y, en términos claros, una traición a la profesión.

Pero limitar el análisis a una simple injusticia sería quedarse en la superficie. La pregunta clave es: ¿por qué está ocurriendo esto?

En primer lugar, existen intereses estructurales del propio sistema sanitario. El modelo biomédico es hegemónico porque es el que organiza, financia y legitima las políticas públicas de salud. Todo aquello que se integra en su lógica, diagnóstico, prescripción y control, adquiere reconocimiento institucional. El ejercicio físico, para ser “aceptado”, se traduce a ese lenguaje: se convierte en dosis, en protocolo, en prescripción.  En segundo lugar, hay intereses corporativos. Cada colectivo profesional tiende, de forma legítima, a ampliar su ámbito de actuación. La medicina y la enfermería, al incorporar el ejercicio físico como herramienta terapéutica, extienden su campo competencial. El problema surge cuando esta expansión se produce a costa de invisibilizar o subordinar a otros profesionales mejor cualificados en ese ámbito específico.

En tercer lugar, no puede obviarse la existencia de conflictos de intereses económicos y políticos. Tal y como se apunta en el análisis previo, el paradigma biomédico contemporáneo está profundamente influido por estructuras industriales, farmacológicas y tecnocráticas . En este contexto, el ejercicio físico resulta más “gestionable” si se integra como una intervención protocolizada dentro del sistema sanitario que si se concibe como una práctica autónoma, educativa y socialmente distribuida. Lo que no se puede prescribir, controlar o facturar tiene menos espacio en las políticas públicas.

Paralelamente, en el ámbito universitario, sobre todo en las facultades de ciencias de la educación, observamos otra lógica de intereses. La progresiva sustitución de especialistas en CAFYD por graduados en magisterio en la formación de docentes responde, en gran medida, a dinámicas corporativas internas de las facultades de educación. Controlar la docencia implica controlar estructuras de poder académico: departamentos, plazas, líneas de investigación. En este contexto, favorecer perfiles propios frente a especialistas externos se convierte en una estrategia de consolidación institucional. Estos últimos, a través de diversas menciones (educación física, pedagogía terapéutica, etc.), adquieren una formación necesariamente generalista que, sin embargo, comienza a presentarse como suficiente para abordar campos altamente especializados. El problema no radica en la validez del grado en magisterio, sino en la confusión de niveles de especialización. Haber recibido formación en trastornos del desarrollo o en pedagogía terapéutica no habilita para impartir docencia en ámbitos como la psicología evolutiva, la pediatría o la fisiología del ejercicio. Del mismo modo, una mención en educación física no puede equipararse a una formación universitaria completa en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.

Aceptar esta lógica implica asumir que el conocimiento especializado es prescindible, que la profundidad puede sustituirse por transversalidad y que cualquier profesional “polivalente” puede ocupar espacios que requieren una alta cualificación específica. Se construye así la figura del docente “todoterreno”, una ficción académica que degrada la calidad de la enseñanza y banaliza el conocimiento.

La comparación resulta inevitable: ¿permitiríamos que un graduado en magisterio impartiera docencia en medicina o en psicología clínica por el hecho de haber cursado asignaturas relacionadas? ¿Por qué, entonces, se normaliza esta sustitución en el ámbito de la educación física?

A esto se suma un factor adicional: la tendencia contemporánea hacia la generalización y la polivalencia. Bajo discursos de interdisciplinariedad mal entendida, se diluye la necesidad de especialización. Se construye así la figura del profesional “todoterreno”, capaz, en teoría, de abordar múltiples ámbitos con una formación superficial. Sin embargo, esta lógica, aplicada de forma acrítica, conduce a una degradación del conocimiento y a una pérdida de calidad en la enseñanza. El resultado es una paradoja difícil de justificar: mientras se exige una alta especialización en campos como la medicina, la ingeniería o la investigación científica, en el ámbito de la actividad física y la educación se tolera, e incluso se promueve, la sustitución de especialistas por perfiles generalistas.

Ambos procesos, la medicalización del ejercicio y la desprofesionalización académica, no son fenómenos aislados. Responden a una misma lógica de fondo: la reconfiguración de los campos profesionales en función de intereses de poder, control institucional y legitimación social.

Frente a ello, la respuesta no puede ser el repliegue ni el enfrentamiento estéril, sino la reivindicación firme, argumentada y crítica de la identidad profesional. El ejercicio físico no necesita convertirse en medicamento para tener valor, ni la Educación Física puede diluirse en perfiles generalistas sin perder su esencia.

Defender la especificidad de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte no es corporativismo. Es una cuestión de rigor académico, de justicia profesional y, en última instancia, de responsabilidad social

Pedro Ángel Latorre Román


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