SU RISA AL GANAR LAS ELECCIONES MIDE EL TAMAÑO DE TUS DESGRACIAS

 

Hay algo profundamente inquietante en la imagen que ofrecen los políticos la noche electoral. Sonrisas desbordadas, gestos de euforia, abrazos interminables, celebraciones que rozan lo festivo. Y, sin embargo, si uno se detiene a pensarlo con frialdad, el momento que están celebrando no debería parecerse en nada a una fiesta.

Gobernar no es ganar un premio. No es levantar una copa. No es culminar una carrera personal. Gobernar es asumir una carga inmensa: la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a millones de personas, muchas de ellas irreversibles, muchas de ellas dolorosas. Es, o debería ser, un ejercicio que inspire respeto, incluso cierto temor. Un vértigo moral.

Sin embargo, lo que vemos es exactamente lo contrario.

Incluso cuando los resultados son objetivamente mediocres —cuando se pierden apoyos, cuando el respaldo es débil o fragmentado— el relato se construye siempre en clave de victoria. Todos ganan. Todos celebran. Nadie parece sentir el peso de lo que acaba de asumir. Y ahí es donde surge la sospecha.

¿Qué es exactamente lo que están celebrando?

Si la política fuera entendida como un servicio exigente, desgastante, casi sacrificial, lo lógico sería ver rostros tensos, discursos contenidos, gestos de responsabilidad. Porque quien se toma en serio el poder sabe que no es un privilegio, sino una carga. Y que cuanto mayor es ese poder, mayor es la posibilidad de equivocarse con consecuencias devastadoras.

Pero la escena que se repite elección tras elección es otra: una alegría casi infantil, una satisfacción desbordada, una sensación de triunfo personal difícil de disimular. Y eso invita a una interpretación incómoda: quizá no están celebrando la oportunidad de servir, sino el acceso a los beneficios del poder.

El poder político abre puertas, a posteriori las llamadas puertas giratorias, pero de inmediato: influencia, redes de relación, proyección futura y mucho dinero, ,mucho más que el que ellos nunca hubieran ganado en su vida privada.

Porque en una cultura política que convierte las elecciones en un espectáculo, la imagen que prevalece es la del vencedor eufórico, no la del gobernante consciente del abismo que tiene delante. Por eso, cuando vemos esas sonrisas amplificadas en los medios, conviene preguntarse qué hay detrás.

Lo que hay detrás es un sistema de corrupción sistémica, una oligarquía de partidos liderada por arribistas, mediocres y sinvergüenzas.

Si se mira la noche electoral desde la lente de Schopenhauer, todo encaja con una claridad incómoda. Lo que vemos es pura representación: sonrisas, discursos, euforia, la escenificación de una victoria que se ofrece al ciudadano como algo casi épico. Pero detrás de esa puesta en escena opera la voluntad: el deseo de poder, de permanencia, de influencia. No hay grandeza ahí, sino impulso.

La alegría desbordada no es la de quien asume una responsabilidad abrumadora, sino la de quien ha visto satisfecho su deseo.

Y lo más inquietante no es solo eso.

Lo verdaderamente desolador es que esa representación funciona. Que, elección tras elección, millones de personas siguen validando ese teatro. Como si la escenificación bastara. Como si la sonrisa sustituyera a la responsabilidad. Como si, en el fondo, también nosotros fuéramos parte de esa ilusión.

Quizá ahí reside la tragedia: no solo en quienes buscan el poder movidos por la voluntad, sino en una sociedad que, aun sospechándolo, vuelve a concedérselo. Es como un Síndrome de Estocolmo pandémico atenazara a la sociedad civil.

Hay algo profundamente inquietante en la imagen que ofrecen los políticos la noche electoral. Sonrisas desbordadas, gestos de euforia, abrazos interminables, celebraciones que rozan lo festivo. Y, sin embargo, si uno se detiene a pensarlo con frialdad, el momento que están celebrando no debería parecerse en nada a una fiesta.

Gobernar no es ganar un premio. No es levantar una copa. No es culminar una carrera personal. Gobernar es asumir una carga inmensa: la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a millones de personas, muchas de ellas irreversibles, muchas de ellas dolorosas. Es, o debería ser, un ejercicio que inspire respeto, incluso cierto temor. Un vértigo moral.

Sin embargo, lo que vemos es exactamente lo contrario.

Incluso cuando los resultados son objetivamente mediocres —cuando se pierden apoyos, cuando el respaldo es débil o fragmentado— el relato se construye siempre en clave de victoria. Todos ganan. Todos celebran. Nadie parece sentir el peso de lo que acaba de asumir. Y ahí es donde surge la sospecha.

¿Qué es exactamente lo que están celebrando?

Si la política fuera entendida como un servicio exigente, desgastante, casi sacrificial, lo lógico sería ver rostros tensos, discursos contenidos, gestos de responsabilidad. Porque quien se toma en serio el poder sabe que no es un privilegio, sino una carga. Y que cuanto mayor es ese poder, mayor es la posibilidad de equivocarse con consecuencias devastadoras.

Pero la escena que se repite elección tras elección es otra: una alegría casi infantil, una satisfacción desbordada, una sensación de triunfo personal difícil de disimular. Y eso invita a una interpretación incómoda: quizá no están celebrando la oportunidad de servir, sino el acceso a los beneficios del poder.

El poder político abre puertas, a posteriori las llamadas puertas giratorias, pero de inmediato: influencia, redes de relación, proyección futura y mucho dinero, mucho más que el que ellos nunca hubieran ganado en su vida privada.

Porque en una cultura política que convierte las elecciones en un espectáculo, la imagen que prevalece es la del vencedor eufórico, no la del gobernante consciente del abismo que tiene delante. Por eso, cuando vemos esas sonrisas amplificadas en los medios, conviene preguntarse qué hay detrás.

Lo que hay detrás es un sistema de corrupción sistémica, una oligarquía de partidos liderada por arribistas, mediocres y sinvergüenzas.

Si se mira la noche electoral desde la lente de Schopenhauer, todo encaja con una claridad incómoda. Lo que vemos es pura representación: sonrisas, discursos, euforia, la escenificación de una victoria que se ofrece al ciudadano como algo casi épico. Pero detrás de esa puesta en escena opera la voluntad: el deseo de poder, de permanencia, de influencia, de dinero.

Y lo más inquietante no es solo eso.

Lo verdaderamente desolador es que esa representación funciona. Que, elección tras elección, millones de personas siguen validando ese teatro. Como si la escenificación bastara. Como si la sonrisa sustituyera a la responsabilidad. Como si, en el fondo, también nosotros fuéramos parte de esa ilusión.

Quizá ahí reside la tragedia: no solo en quienes buscan el poder movidos por la voluntad, sino en una sociedad que, aun sospechándolo, vuelve a concedérselo. Es como si un Síndrome de Estocolmo pandémico atenazara a la sociedad civil.

 

Pedro Ángel Latorre Román

 


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