SEMANA SANTA INCLUSIVA: EL RUIDO DE LA HIPOCRESÍA, UN OXÍMORON LITÚRGICO
La
noticia en la prensa es sorprendente:
https://www.ideal.es/jaen/provincia-jaen/ubeda-consolida-calles-silencio-semana-santa-inclusiva-20260327194650-nt_amp.html"
"Úbeda
consolida las 'Calles del silencio' para una Semana Santa más inclusiva".
"En esta
segunda edición serán 16 las cofradías adheridas en favor de las personas con
hipersensibilidad acústica. Una propuesta que vuelve a ponerse en marcha
en Úbeda con el objetivo de hacer la Semana Santa más accesible e inclusiva y
que personas con sensibilidad acústica puedan disfrutar también de los desfiles
procesionales. El objetivo es reducir el nivel acústico de las procesiones
en tramos concretos".
Hay algo profundamente incómodo y necesario en señalar ciertas contradicciones, especialmente cuando se envuelven en tradición, fe y supuesta sensibilidad social. En Úbeda, como en tantos otros lugares, llevamos meses, no días, no semanas, sino meses, soportando ensayos de bandas, cortes de tráfico improvisados, ocupaciones del espacio público sin orden ni control efectivo y un nivel de ruido que, lejos de ser puntual, se convierte en una constante invasiva para vecinos, mayores, enfermos y trabajadores. Todo ello con la permisividad cuando no complicidad del Ayuntamiento. Y, sin embargo, llega la Semana Santa… y de repente descubrimos la empatía.
Las
llamadas “Calles en Silencio” se presentan como un avance inclusivo. Sobre el
papel, lo son. En la práctica, resultan un gesto mínimo frente a un problema
mucho mayor que nadie parece querer abordar. Porque no se trata de bajar
ligeramente el volumen en unos pocos tramos durante unos días. Se trata de una
cultura del ruido que se ha normalizado durante meses.
Y aquí es
donde aparece una palabra incómoda: hipocresía.
La Biblia
es especialmente clara al respecto. En el Evangelio de Mateo 23, Jesús lanza
una de sus críticas más duras:
“Ay de
vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, porque sois semejantes a sepulcros
blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos
de huesos de muertos y de toda inmundicia.”
La
paradoja es evidente. Una celebración que conmemora el sacrificio, la compasión
y el amor al prójimo convive con prácticas que, durante buena parte del año,
ignoran precisamente a ese prójimo. Porque el ruido no es neutro. Afecta al
descanso, a la salud mental, a personas con enfermedades, a mayores, a niños, a
quienes trabajan en horarios difíciles. La contaminación acústica no es una
molestia menor: es un problema de salud pública.
Y aun
así, se tolera cuando no se celebra si viene envuelta en tradición.
Pero hay algo aún más preocupante que el ruido constante: la actitud que, en ocasiones, lo acompaña. Porque no son pocos los casos en los que quienes participan en estos ensayos amparados en la tradición o en una supuesta legitimidad cultural han reaccionado de forma desproporcionada ante vecinos que simplemente reclamaban su derecho al descanso o al uso del espacio público. No hablamos ya de molestias. Hablamos de enfrentamientos, de respuestas airadas, de comportamientos que, en algunos casos, rozan lo inaceptable.
Resulta
difícil encajar estas actitudes con el mensaje que se dice representar. En el
Evangelio de Mateo 7 se recuerda una regla básica de convivencia:
“Así que,
todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también
haced vosotros con ellos.”
Una
llamada directa a la empatía real, no declarativa. A ponerse en el lugar del
otro no durante unos metros de recorrido, sino en el día a día.
Quizá lo
más preocupante no es la contradicción en sí, sino su normalización. Se acepta
que durante meses se invada el espacio público, se comprometa la seguridad vial,
sobre todo de los niños que ensayan, y
se altere la vida cotidiana de los vecinos… pero basta con introducir una
medida puntual, simbólica y limitada para proclamarse inclusivo. Eso no es
empatía. Es marketing moral.
El libro
de Isaías ya advertía contra este tipo de actitudes:
“Este
pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”
No es una
cuestión religiosa, sino ética. No basta con aparentar sensibilidad en momentos
concretos mientras se ignoran sistemáticamente las consecuencias de nuestras
acciones el resto del tiempo. La empatía no se activa por calendario. No
aparece en Semana Santa y desaparece después.
Si de
verdad existiera una preocupación por las personas más vulnerables, esta se
traduciría en:
- Regulación real de
los ensayos durante todo el año
- Control efectivo del
uso del espacio público
- Protección del
descanso vecinal
- Planificación que
evite riesgos y molestias innecesarias
Y qué decir del cacareado paradigma de la inclusión. En los últimos años, el concepto de “inclusión” se ha convertido en una palabra incuestionable. Ni siquiera ellos mismos saben lo que significa la Semana Santa Inclusiva, un oxímoron litúrgico elevado a categoría moral, un artefacto retórico sin existencia real, una ontología de lo imposible. Y, sin embargo, conviene preguntarse: ¿de qué inclusión hablamos exactamente? El filósofo Diego Fusaro ha planteado una crítica incómoda pero pertinente: muchas veces, la inclusión no transforma el sistema, sino que lo refuerza. No cuestiona las dinámicas que generan desigualdad, ruido, invasión del espacio público o deterioro de la vida comunitaria; simplemente integra a más personas dentro de esas mismas dinámicas. Es decir, no se trata de hacer un sistema más justo, sino de hacer que más gente participe aunque sea en condiciones adversas dentro de él.
Resulta
llamativo, cuando no directamente incoherente, que entornos que se reivindican
cristianos asuman sin apenas cuestionamiento estos marcos culturales
contemporáneos, a menudo asociados a lo que se denomina “cultura woke”, donde
el énfasis está en el lenguaje, los gestos simbólicos y la visibilidad, más que
en la transformación real de las condiciones de vida. Porque el mensaje
cristiano original no hablaba de integrar a las personas en sistemas injustos,
sino de cuestionar profundamente esos sistemas.
En el
Evangelio de Mateo 21, Jesús no adapta el templo a una versión más inclusiva
del comercio: lo expulsa.
“Mi casa
será llamada casa de oración; pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Si la
inclusión no va acompañada de justicia, de límites, de respeto real al otro en
su vida cotidiana, entonces deja de ser una virtud para convertirse en una
coartada.
Y
entonces, una vez más, el problema no es el ruido.
Es el
discurso que lo justifica.
PEDRO
ÁNGEL LATORRE ROMÁN
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