EL CALENDARIO IDEOLÓGICO DE LA ESCUELA, ANATOMÍA DE UN RITUAL PEDAGÓGICO: EFEMÉRIDES, CONSIGNAS Y COLABORACIONISMO POLÍTICO DEL DOCENTE
Ya son varios años los que hago el mismo pequeño
experimento sociológico con mi alumnado del grado de Magisterio. Nada
sofisticado: una pregunta sencilla.
—¿Qué
se celebra el 20 de noviembre?
Silencio.
No
fue un silencio breve, sino de esos que permiten comprobar cómo varias decenas
de cerebros buscan desesperadamente en su memoria escolar algún cartel, algún
mural o alguna actividad temática que les dé una pista.
Nada.
Probé
entonces con otras fechas.
—¿Qué
se celebra el 8 de marzo? ¿Y el 25 de noviembre? ¿Y el 28 de febrero?
Respuestas
unánimes de reconocimiento de estas efemérides, en menor medida pero sí de
manera mayoritaria la del 6 de
diciembre.
Este
mismo experimento sociológico se podría extender a todos los lectores de esta
reflexión, así que, respóndanse a sí mismos.
Y
es que este pequeño experimento no hablaba tanto de mis alumnos ni de los lectores
de este escrito como del sistema educativo que nos ha formado.
Porque
en la escuela las efemérides no aparecen por generación espontánea. Forman
parte de un calendario simbólico cuidadosamente cultivado, donde algunas fechas
se convierten en rituales pedagógicos obligatorios mientras otras pasan
discretamente desapercibidas. Las efemérides llegan a los centros desde los
administraciones del relato político establecido con programas educativos,
campañas institucionales o materiales didácticos, y una parte considerable del
profesorado las asume con una mezcla de buena voluntad y rutina profesional. Lo
interesante no es qué efemérides existen. Lo interesante es cuáles se repiten
sistemáticamente en la cultura escolar. Y aquí aparece un elemento incómodo: el
papel del propio profesorado.
Se
organizan murales. Se preparan actividades. Se redactan manifiestos. Se hacen
fotografías para la web del centro. Y así, año tras año.
Y
todos tenemos la sensación de haber cumplido con nuestra misión
cívico-pedagógica. Lo que raramente ocurre es que alguien se detenga a formular
una pregunta elemental:
—¿Por
qué exactamente celebramos esto?
—¿Quién
decidió que esta fecha debía ocupar este lugar en el calendario escolar?
—¿Y
por qué otras efemérides desaparecen completamente de la vida educativa?
Muchos
docentes, que en otros ámbitos se consideran profesionales críticos y
reflexivos, reproducen estas efemérides con la misma naturalidad con la que se
rellena un formulario administrativo: porque toca.
De
este modo, el calendario escolar se convierte en un pequeño dispositivo de
reproducción del relato político e ideológico del momento, donde el profesorado
ejerce, muchas veces de manera inconsciente, una función bastante cercana al colaboracionismo
político.
Pero
hay todavía un elemento más llamativo en esta historia: la universidad. Porque
uno podría pensar que la formación universitaria del profesorado serviría
precisamente para introducir distancia crítica, para analizar los discursos
pedagógicos dominantes, para reflexionar sobre los marcos ideológicos que
atraviesan la educación. Sin embargo, el experimento del 20 de noviembre
sugiere algo distinto. Resulta difícil explicar que estudiantes, en este caso
futuros docentes que se supone reflexionan sobre la infancia, la educación, el currículo
y los derechos del niño, desconozcan precisamente la efeméride dedicada a la
infancia. Y, sin embargo, conozcan perfectamente otras fechas que forman parte
del repertorio simbólico dominante. La conclusión es incómoda: la universidad
no siempre corrige estas inercias; con frecuencia las refuerza, reproduciendo
el mismo imaginario que los estudiantes ya han interiorizado durante su
escolarización. Toda una maquinaria perfectamente engrasada de adoctrinamiento.
Y así el ciclo se completa. La escuela produce estudiantes que interiorizan
determinados rituales simbólicos. La universidad legitima esos rituales. Y los
nuevos docentes regresan a la escuela para reproducir con entusiasmo pedagógico
el adoctrinamiento.
Quizá
por eso el pequeño experimento del 20 de noviembre resulta tan revelador. Después
de más de 30 años dentro del sistema educativo, entre instituto y universidad, es
desolador corroborar y a modo de tragedia que el sistema educativo se ha
convertido en otro órgano político, con el colaboracionismo ingenuo, inopinado,
pusilánime y muchas veces elocuente de un acrítico e irreflexivo docente. Cabe
preguntarse si el profesorado no está actuando, en ocasiones, como mero
reproductor acrítico del discurso institucional.
El
problema no es trabajar temas sociales o cívicos en la escuela. Sería absurdo
defender lo contrario. El problema aparece cuando el docente deja de ser un
mediador crítico y pasa a convertirse en un simple reproductor de consignas
simbólicas. En ese momento la escuela deja de ser un espacio de reflexión para
convertirse, aunque sea involuntariamente, en un espacio de reproducción ideológica.
Tal vez el verdadero gesto pedagógico crítico sea algo más sencillo y más
incómodo a la vez: que los docentes, los actuales y los futuros, se atrevan a
preguntarse si están educando ciudadanos críticos… o simplemente entrenando
buenos repetidores de rituales ideológicos.
Llegados
a este punto, quizá convendría formular una pregunta incómoda al propio
profesorado. ¿Por qué celebramos determinadas efemérides en la escuela?
-El
día 25 N Y 8 M. En la mayoría de los centros educativos estas efemérides
se trabajan desde un enfoque muy concreto: el de la llamada “perspectiva de
género”, que interpreta las relaciones entre hombres y mujeres principalmente
en términos de estructuras de dominación y desigualdad. La perspectiva de
género es una corriente intelectual surgida en el ámbito de determinadas
tradiciones del pensamiento social y político contemporáneo. Como cualquier
marco interpretativo, no es una verdad indiscutible, sino una forma concreta de
analizar la realidad, que convive con otras aproximaciones antropológicas,
sociológicas o filosóficas sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Sin embargo, en muchas celebraciones
escolares estas cuestiones no se presentan como objeto de debate, sino como relatos
pedagógicos cerrados, donde el problema se describe de una manera muy concreta
y las categorías morales aparecen ya previamente establecidas por mandato político. Esto puede generar, al menos, dos riesgos
educativos. El primero es reducir la complejidad de las relaciones humanas a
esquemas simplificados, donde los roles aparecen rígidamente definidos: el
hombre como potencial agresor, la mujer como víctima estructural, así la
simplificación pedagógica puede terminar generando una visión distorsionada de
las relaciones entre hombres y mujeres. El segundo riesgo es que la escuela
contribuya, quizá sin pretenderlo, a introducir marcos de interpretación que
enfatizan el conflicto permanente entre sexos, en lugar de subrayar también los
vínculos de cooperación, complementariedad y solidaridad que históricamente han
sostenido las relaciones familiares y sociales. Porque, más allá de los
conflictos reales que puedan existir, la vida social se ha construido también
sobre estructuras de apoyo mutuo, entre ellas la familia, donde hombres y
mujeres han compartido responsabilidades, sacrificios y proyectos comunes.
Desde
esta perspectiva surge una pregunta legítima: si la escuela dedica jornadas
completas a visibilizar determinadas problemáticas sociales, ¿por qué no
existen también espacios simbólicos para reconocer otras dimensiones de la vida
social? Por ejemplo, el papel de millones de hombres que a lo largo de
generaciones han asumido responsabilidades
familiares, laborales o comunitarias como proveedores, protectores o cuidadores
de sus familias.
Pero
siendo más incisivo, esa perspectiva de género que inunda el relato académico desde
el obsceno lenguaje de género, que en un claro ejercicio de analfabetismo reproducen
muchos docentes en clase a la deconstrucción del binarismo sexual, acaso no se inspira en un constructo filosófico que
ha inspirado a su vez a las más abyectas ideologías, el Darwinismo social. Ideología
que a finales del siglo XIX intentó explicar las relaciones humanas como una
lucha permanente entre grupos estructuralmente enfrentados. Cuando esa lógica
se introduce en el ámbito educativo sin matices ni pluralidad de enfoques, el
riesgo es evidente: los niños empezarán a odiar y a desconfiar de sus padres
varones.
- El
día de la Constitución Española o el Día de Andalucía. ¿Por
qué celebrar una Constitución que la mayor parte de los españoles vivos no la
han votado? Una Constitución que algunos autores señalan como soporte jurídico de
un sistema seudodemocrático basado en una oligarquía de partidos en donde un
ciudadano no es un voto, en donde la ley electoral consagra ese concepto y en
donde no hay separación del poder judicial del poder político. La consecuencia real,
a lo largo de estos casi cincuenta años, el latrocinio y la corrupción política
ha sido la base de este sistema. Y sobre todo, ¿Acaso se cumple la Constitución en los que se refiere a los derechos fundamentales de los españoles? Algo parecido ocurre con el 28 de febrero,
el Día de Andalucía. En la escuela se presenta habitualmente como una
celebración identitaria casi natural, acompañada de banderas, himnos,
actividades culturales y mensajes de orgullo regional. Sin embargo, la propia
idea de Andalucía como comunidad política contemporánea es el resultado de un
proceso histórico reciente, vinculado al desarrollo del modelo autonómico del
Estado español. Una Andalucía que reproduce de manera ignominiosa los defectos
de la Constitución Española, una Andalucía a diferentes velocidades, con
asimetrías territoriales y donde este reino de taifas aplica la
misma injusticia y la misma corrupción que ocurre a nivel nacional.
No
será de extrañar que en breve los centros escolares y los docentes celebren también
la efeméride del día del Orgullo del colectivo “Abecedario”. Se imaginan a los docentes en tanga y con el
resto del simbolismo de la erótica arcoíris. Todo ello perfectamente
entroncaría con la finalidad educativa y saberes básicos escolares que “inundan”
el currículo escolar, como es la educación afectivo-sexual.
Si
no lo sabían, el 20 de noviembre se celebra el Día Universal de la Infancia,
vinculado a la aprobación de la **Convención sobre los Derechos del Niño en
1989 por la Organización de las Naciones Unidas. La efeméride más importante
que debería celebrarse en todos los centros educativos.
SEÑORES
DOCENTES: ¡ATRÉVANSE A LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA!
Pedro
Ángel Latorre Román
Comentarios
Publicar un comentario