CUANDO EL PROFESOR DESAPARECE: LA NUEVA PEDAGOGÍA DEL ESPECTÁCULO Y EL DISPARATE
Algo preocupante está ocurriendo en
ciertas facultades de Ciencias del Deporte y de la Educación, especialmente en
el ámbito de la Educación Física. Bajo el paraguas de las “nuevas
metodologías”, se está consolidando una práctica que, lejos de innovar, vacía
de contenido la función esencial del docente.
Cada vez es más frecuente encontrar
profesores noveles, con currículos académicos prometedores, pero con escasa o
nula experiencia real en aulas escolares, que han decidido que su papel ya no
es enseñar.
En las clases prácticas,
especialmente, el fenómeno resulta difícil de justificar: son los propios
alumnos quienes preparan, organizan y ejecutan las sesiones. El profesor
observa. Evalúa, quizá. Pero no enseña. No guía de forma activa. No interviene
con criterio. No construye aprendizaje desde su experiencia, sencillamente
porque esa experiencia, en muchos casos, no existe.
Se ha producido una inversión
inquietante de roles.
Lo que debería ser un espacio de
aprendizaje supervisado se convierte en una suerte de laboratorio improvisado
donde el alumnado asume responsabilidades para las que aún no está preparado. Y
no se trata de fomentar la autonomía, algo deseable, sino de sustituir la
enseñanza por su simulacro.
A esto se añade otro elemento aún
más llamativo: la teatralización de las prácticas.
Ante la falta de recursos
pedagógicos sólidos y competencia profesional, algunos "docentes" parecen optar por el despliegue de
materiales, montajes aparatosos y dinámicas espectaculares que poco o nada
tienen que ver con la realidad de un centro educativo. Se construyen auténticos
escenarios circenses que pueden impresionar en el momento, pero que son
difícilmente transferibles a un patio de colegio o a un gimnasio escolar con
limitaciones reales.
La pregunta es inevitable: ¿Qué se
está enseñando exactamente?
Porque formar a futuros docentes no
consiste en entretener, ni en delegar sin más, ni en montar espectáculos.
Consiste en transmitir criterio, experiencia, capacidad de adaptación y, sobre
todo, responsabilidad profesional.
Y aquí reside el problema de fondo.
Cuando quien enseña no ha vivido el
contexto al que prepara a sus alumnos, corre el riesgo de confundir innovación
con improvisación, y metodología activa con ausencia de dirección. La
consecuencia es una formación superficial, donde el alumno puede “hacer cosas”,
pero no necesariamente aprender a enseñar bien.
Lo más grave no es la falta de
experiencia, que es comprensible en los inicios, sino la renuncia implícita a
asumir el rol docente.
Porque enseñar implica exponerse,
intervenir, corregir, tomar decisiones, equivocarse también. Implica estar
presente.
No es descabellado pensar que estos
mismos profesores, que han renunciado en la práctica a ejercer como docentes,
se conviertan en meros reproductores de tendencias políticas y educativas
dictadas desde instancias oligárquicas globalistas. Así, proliferan clases
magistrales y proyectos de investigación centrados en la Agenda 2030, los
Objetivos de Desarrollo Sostenible o la necesidad de “reimaginar” la Educación Física desde marcos globales, digitales, multiculturales, de igualdad….
La obsesión por la digitalización es
demencial. Se llega así a situaciones casi absurdas: convertir el ejercicio
físico en una experiencia mediada por pantallas, cuantificada, registrada,
“optimizada”, pero cada vez menos vivida. La literatura científica
muestra cómo la gamificación se ha convertido en una de las metodologías más
extendidas, trasladando dinámicas propias de videojuegos al aula con el
objetivo de “motivar” al alumnado. En ese contexto, no es extraño encontrar
propuestas que incorporan experiencias como Pokémon Go o aplicaciones
similares como recurso educativo
Y cuando el profesor desaparece, lo que queda no es innovación.
Es representación, es vacío.
Pedro Ángel Latorre Román
Lo peor de todo es que un formador de formadores, de primaria o secundaria, que no ha pisado una escuela o un instituto, que no conozca la ideosincracia del alumnado correspondiente, que no haya impartido una sesión con ese alumnado, que no conozca los medios y los recursos se encuentre capacitado para formar a los docentes encargados de impartir las clases en esas etapas educativas.
ResponderEliminarLo siento, le he dado a publicar antes de terminar de escribir. Decía que "Lo peor de todo es que un formador de formadores, de primaria o secundaria, que no ha pisado una escuela o un instituto, que no conozca la idiosincrasia del alumnado correspondiente, que no haya impartido una sesión con ese alumnado, que no conozca los medios y los recursos con los que suelen dispones estos centros (muy diferentes e infinitamente inferiores a los que cuenta la universidad) se encuentre capacitado para formar a los docentes encargados de impartir las clases en esas etapas educativas.
ResponderEliminarCon frecuencia, en redes sociales, suelo ver vídeos de clases en la universidad en donde todo sale perfectamente... Claro con un alumnado mayor de edad, motivado, con intereses muy homogéneos, con buenas capacidades físicas para afrontar retos complicados.... Es decir, una realidad radicalmente distinta a la que te puedes encontrar en un aula, donde lo que prima es la diversidad de motivaciones, intereses, capacidades,… Alumnado que cuando habla el profesor está pendiente de otras cosas, o está pinchando al de al lado, o jugando con el material. Alumnado con diferentes capacidades físicas que no pueden hacerlo todo, alumnado con distintos niveles de habilidad hacen que lo ideal de las clases en la universidad sea utópico en la realidad escolar. He visto alumnado de prácticum de magisterio (y en mi dilatada vida como docente he visto a muchos) que decían, pero si estos juegos funcionaban perfectamente en la universidad y aquí no, o allí podían estar jugando durante 10 minutos a un juego y aquí en dos minutos se hartan…
Otra cosa diferente es que las nuevas metodologías, llevadas a la realidad escolar sean más o menos aplicables y tengan un objetivo claro. Suelo decir que no hay métodos buenos o malos sino buenos o malos aplicadores de los métodos. Una enseñanza activa, participativa donde el alumnado vaya asumiendo progresivamente responsabilidades no sólo es posible sino necesaria.
Por último, observo, que hemos pasado de centrar la metodología en los estilos de enseñanza que pregonaba nuestro querido amigo Miguel Ángel Delgado Noguera a lo que hoy se ha dado en llamar “modelos pedagógicos” como si fuesen la piedra filosofal. A veces no empeñamos en complicar la enseñanza…